La España de los sueños perdidos

Dicen que sonó un silbido profundo en mitad de la noche. Que Marcelo, buscó a tientas su escopeta, tropezando con la jamba de la puerta. Cuando salió de la casa, el viento agitaba su pelo. Se cubrió el cuerpo con la parca de caza, aquella que olía a humo por muchos lavados que guardara. Y olfateando el aire como Sammy, llegó hasta la cabaña.

Posiblemente, la tormenta echo a perder la cosecha, y ahora, tras los pasos de Marcelo, el viento arrastraba las espigas y las elevaba por el cielo. Sentado en una piedra, escuchó por fin el disparo proveniente del pueblo. Una lágrima fue resbalando muy lentamente por la áspera piel de Marcelo, dejando un rastro de una limpieza jamás lograda con Lagarto. Cuando la luz empezó a clarear el campo y el rocío devolvía multitud de colores, Marcelo comenzó a gritar su nombre. Ni el eco, en este yermo campo, contestaba sus gritos.

Ella dijo que buscaría al Lute y yo veía recelo en la cara de Marcelo, como si pensara que ella lo decía en serio, que un día, se levantaría con el canto de los tordos y saldría en su búsqueda. El Lute es un sueño, quise decirle.

De nuevo empezó a llover, justo cuando el pueblo aparecía a lo lejos detrás de la bruma y los sueños parecían algo más tontos. El pueblo y su gente seguirían allí, en esa meseta castellana, en ese valle pirenaico, en ese golfo valenciano. Y todo seguiría igual, medio vivo, medio muerto, medio real y medio imaginario.

 

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