Los amantes.

NOCHES BLANCAS (Le notti bianche)

Dir. Luchino Visconti, 1957

  • Los amantes del Ponte Cinecittà

Primera adaptación de Las noches blancas de Fedor Dostoievski a la gran pantalla. Las noches cortas de San Petersburgo, cercanas al solsticio de verano a las que hace referencia el título, son cambiadas por noches nevadas de invierno en las calles del maravilloso decorado construido en el Cinecittà romano.

Cuesta sudores ser severo con una película donde lo único que falla es la credibilidad que desprende el trabajo de Mastroianni. No hay concordancia entre los diálogos (muy próximos a lo escrito por Dostoievski) y la presencia somática de Mastroianni. Para ejemplo, tenemos la escena en la que Mario (Marcello Mastroianni) y Natalia (Maria Schell) están en un bar, y a su alrededor todos bailan. Es cuando menos curioso ver como Mario se desenvuelve como pez en el agua, aunque sea el único en el local que lleve traje y su edad pueda duplicar a la de cualquiera de los que a su lado se haya.


Nada más conocerse, él le dice a ella:

Perdóneme, soy terriblemente tímido. Con las mujeres, quiero decir. No suelo mezclarme a menudo con ellas. No sé incluso ni cómo hablarles”.

Es un diálogo calcado del relato, del mismo lugar donde podemos leer:

-Escuche. ¿Quiere saber qué clase de persona soy?

-Pues sí.

-Pues bien, soy… un tipo.

-Un tipo. ¿Un tipo? ¿Qué clase de tipo? -gritó la muchacha, riendo a borbotones, como si no lo hubiera hecho en todo un año-. Es usted divertidísimo. Mire, aquí hay un banco. Sentémonos. Por aquí no pasa nadie. Nadie nos oye y… empiece su historia. Porque, no pretenda lo contrario, usted tiene una historia y trata sólo de escurrir el bulto. En primer lugar, ¿qué es un tipo?

-¿Un tipo? Un tipo es un original, un hombre ridículo -contesté con una carcajada que empalmaba con su risa infantil-. Es un bicho raro. Oiga, ¿sabe usted lo que es un soñador?

Un soñador… ya sabemos… algo desaliñado, de pocos gestos y parco en palabras, de sonrisa bobalicona y estúpida inocencia.

Pues bien, Mastroianni es todo lo contrario. Y ya quisieran muchos.

Quizás porque no existe concomitancia entre lo que vemos y lo que nos quieren contar, Noches blancas, no alcanza la perfección que sí tiene el resto de labores técnicas. Ese gigantesco decorado de ciudad crepuscular, maravillosamente iluminada y pulcramente recogida por el director italiano.

Existe una escena, donde Visconti sintetiza la clase de amor que siente Natalia por cada uno de los dos hombres. Ella está terminando de contar su historia en flash-back. Se sienta en el alféizar de una ventana del único muro que queda en pie de una casa. El inquilino (Jean Marais) la abraza mientras se despiden. El zoom se va acercando hasta que queda un primer plano del inquilino. En el contraplano Natalia dice “Dentro de un año, estaré aquí, esperándote, exactamente a la misma hora y me amarás otra vez”. Cuando se abre el plano, el hombro sobre el que ella apoya la cabeza desconsolada es el de Mario (ya en el presente). Mario, el amigo que siempre escucha, el que sí estará siempre a tu lado. El inquilino, el amor, el que nos mantiene en vilo esperando su llegada.


 

 

 

 

Licencias en la historia a parte, Noches blancas es bastante fiel al relato de Dostoevski, pero no deja de ser una adaptación sin el mérito que si tiene la de Robert Bresson, donde con un diálogo exiguo, la imagen recogida por el galo es más que suficiente. Sin embargo, que hermosa que es esta película de Visconti, donde todo está en el lugar donde corresponde y la geometría estrellada del copo de nieve es todavía más perfecta.

CUATRO NOCHES DE UN SOÑADOR (Quatre nuits d’un rêveur)

Dir. Robert Bresson, 1971

  • Los amantes de Pont Neuf

Es lo más cercano que estuvo Bresson de la Nouvelle Vague, pero sin desmarcarse lo más mínimo de su estilo. Jacques (Guillaume des Forêts, modesto doble de Jean-Pierre Léaud) es personaje de la corriente. Bohemio y soñador. Solitario y enamorado (de su propia idea del amor, o de sí mismo). Al mismo tiempo, es atemporal (1848) y universal (San Petersburgo).

De monólogos larguísimos y diálogos excesivos, Bresson saca sólo lo esencial, lo reproduce en imágenes, como se debe hacer siempre a lo hora de adaptar. Y cuando no, el uso diegético del magnetófono completa la información que a regañadientes siempre nos da Bresson fuera de la imagen.

El arte como idea, aunque sea áspera.
La imagen de la noche desenfocada.
El amor como idea, aunque sea áspero y desenfocado.

Sólo nos queda averiguar en cúal de los 342 puentes de San Petersburgo se encontraron por primera vez los amantes de Fyodor Dostoyevski.

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Bresson, Robert, Visconti, Luchino. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s