Viajes con Charley

Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc de unos cascos herrados en el pavimento producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.

Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de Aquí parece ancho y recto y agradable, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse. Esto al vagabundo efectivo no le es difícil. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último realizar el viaje. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e inmortal. Lo explico sólo para que los recién llegados al vagabundeo no crean, como adolescentes con su pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.

Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar el viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari o exploración, es una entidad, es diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, naufragan y se hunden ante la personalidad del viaje. Sólo cuando admite esto puede el vagabundo de pura cepa relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarte es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de haber dicho esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.

Prólogo de En busca de América. John Steinbeck, 1962

Estos días, podemos leer en diferentes medios que prácticamente todo lo que se cuenta en el mítico libro de viajes de Steinbeck no aconteció. En el último número de la publicación mensual Reason, dan eco del blog que Bill Steigerwald, ex periodista de la Pittsburgh Post-Gazette, escribió mientras realizaba el mismo viaje que había hecho Steinbeck con el objetivo de conmemorar los cincuenta años de aquel reencuentro con América, y constatar el cambio que ha sufrió el país en este medio siglo.

Bruce Chatwin, uno de los mejores escritores de libros de viajes, rara vez escribió sin contar con la participación de la imaginación. Esto lo sabemos hoy, claro. Y aún así, no hay lector-viajero que decida ir a un lugar novelado por Chatwin sin antes devorar sus libros. Es casi una obligación a pesar de la mentira.

Puede que Steinbeck pasara pocas noches en su caravana Rocinante, y que sus encuentros fueran memos productivos, pero ha sido la persona que más ha destapado en mí, el anhelo por conocer la América profunda.

Con prólogos como el escrito para este libro, la verdad siempre es secundaria.

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