¿Por quién doblan las campanas?

COPIA CERTIFICADA. Copie conforme (Roonevesht barabar asl ast)

Dir. Abbas Kiarostami, 2010

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.” John Donne. Devociones para ocasiones emergentes, 1624 (fragmento)

Hablar de remake me parece absurdo, pero entiendo que se considere como opción si nos centramos en la idea primaria sobre la originalidad. Tampoco sé si el propio realizador ha querido introducir este juego de copias y símiles con Rossellini y Viaggio in Italia. También Wyler habló en Italia de ello en Dodsworth por lo que el original de Rossellini es en sí, una copia.


Todo arte es original, puesto que el arte, es observado y juzgado bajo el peso de la subjetividad, y la subjetividad siempre ha de ser original. Si no, nos estaríamos engañando a nosotros mismos. Así, la copia puede poseer el mismo valor que la original ya que la obra en sí despierta sentimientos originales y reales. Pero bueno, todo esto ya lo explicó el de siempre, Walter Benjamin, en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936):

“La representación de Fausto más provinciana y pobretona aventajará siempre a una película sobre la misma obra, porque en cualquier caso le hace la competencia al estreno ideal en Weimar. Toda la sustancia tradicional que nos recuerdan las candilejas (que en Mefistófeles se esconde Johann Heinrich Merck, un amigo de juventud de Goethe, y otras cosas parecidas), resulta inútil en la pantalla”

“En la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. (…) La técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible. Y confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir, desde su situación respectiva, al encuentro de cada destinatario.”

En tal guisa nos encontramos cuando él y ella, se encuentran en la galería subterránea. Lo real y ficticio se entremezclan entre la originalidad o  duplicidad de dos vidas inmersas en este mar de almas.

Que molesto se vuelve el contraplano en propuestas tan sencillas. Me pregunto si el abuso está razonado para marcar la distancia de los personajes, aunque seguiría pareciéndome injustificado porque se podría recoger mejor la ausencia si ambos quedan albergados en el mismo plano. Como la escena del coche. O la magnifica puesta en escena que Kiarostami consigue cuando él (William Shimell), se niega a hacerse la foto con los recién casados, llenos de esperanzas, llenos de tiempo que malgastar y felices de su ignorancia.

La desidia que ejerce el tiempo, no a todos nos afecta por igual, pero sí a todos nos aflige de una u otra manera. Ella (Juliette Binoche) reprocha su soledad, pero siempre va un paso por delante; y él, isla en sí mismo, busca algo que no lo lleve a la deriva. En tono alegórico, -y aquí es donde deberíamos centrarnos-, la copia que es uno mismo, la copia que ha generado el tiempo y que ha cambiado nuestro aspecto y nuestro mundo, es igual de válida que el yo original. Él repite en dos ocasiones que ella ha cambiado, pero no lo recrimina, lo deja constatar, lo aclara porque a pesar del cambio, ella es igual de original y el amor, no será el mismo, pero sigue presente:

– Escucha -dice él-, es irrazonable pensar que podemos sentir lo mismo que esa pareja (de recién casados). ¡No después de quince años! Las cosas han cambiado, por supuesto. Pero no del modo ridículo que crees. El amor sigue allí. Sólo que se manifiesta de otras maneras. Debes aceptar que así es ¿Por qué no puedes entenderlo?

Este camino de quince años es el que Kiarostami construye sobre la marcha. Desde el inicio de la relación -esas frases titubeantes, esos silencios sospechosos-, pasando por la brecha de la monotonía, del cambio, del hastío y los reproches (acentuado en la taberna) hasta el repique de las campanas. A diferencia de la escena final en La Aventura de Antonioni, la desolación no lo inunda todo. Kiarostami, así como quien no quiere la cosa, nos anega con la redención.

El tañido, si te coge desprevenido, siempre sorprende.

Por cierto, siempre doblan por ti.

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