El Parque Japonés

Soñar, Soñar

Dir. Leonardo Favio, 1976

Película que crece conforme pasa el tiempo y los personajes apresan la memoria. Hasta la fecha, los personajes descritos por Favio estaban carentes de cierta humanidad (irónicamente su personaje más humano pudiera ser el diablo interpretado por Alfredo Alcón en Nazareno Cruz y el lobo), otorgando el peso del trabajo a aspectos más técnicos. Por primera vez, Favio escribe personajes llenos de pasión, con todas las vicisitudes que convierten al género humano en una contradicción constante. En palabras del propio director:

“Es un film donde trato con personajes ingenuos, de una gran pureza, pero que vuelan permanentemente. No tocan nunca la tierra, están siempre en el aire”.

Como en su primera etapa más auto-bibliográfica, Favio tira de recuerdos: de su deseo por ser artista (como Charlie), de su llegada a Buenos Aires desde Mendoza, y toda la ingenuidad de aquellos años. Esas ansias de comerse el mundo, unido a esa ingenuidad que da la lozana vida, quedan recogidos cuando Charlie (Carlos Monzón) ansioso por mostrar sus pinitos artísticos le cuenta a Mario, el Rulo (Gian Franco Pagliaro) que él salió en el periódico por ser pateado por un caballo. ¡Y con foto!

Siempre encontraremos en los trabajos de Leonardo Favio, el toque surrealista y/o alegórico que sin dar sensación de parche, añade capas a la construcción de los personajes. Así ocurre cuando Charlie pide permiso a su madre (finada) para “ser artista” en la tumba de ésta mientras ella toma mate. Veremos como a posteriori, un daguerrotipo de la susodicha acompañará al hijo en sus viajes.

Técnicamente nos encontramos ante un filme que siempre evita el plano-contraplano, luciendo un gran trabajo en la composición de la escena; y un uso magistral de dos travellings que al contrario de los usados en Juan Moreira tienen siempre una función específica. El primero para el avance de la historia, usado como nexo de un flashback de Mario:

– Fue mi mejor momento -dice el Rulo mientras observamos a este como ventrílocuo y a un enano (Carmen*) haciendo de marioneta.

Durante el final de la película, cuando el enano y Mario comparten mesa en una cafetería, Favio describe de manera sublime el poder de fascinación que Carmen ejerce sobre Mario. La escena acaba con la que para mí es la mejor frase de toda la película cuando Mario le dice al enano:

“Dios quiera que crezcas, así te morís de hambre.”

Con esa frase se describe completamente a Mario. Mario envidia al enano en tanto que siendo enano, es ya artista. Puede ganar dinero gracias a su estatura. Mario en cambio, debe pasarlas putas para poder comer.

El otro travelling es sencillamente maravilloso. Charlie y Mario están en la gran ciudad. Para ganarse el pan, trabajan en el Parque Japonés de Buenos Aires (una gran feria de enanitos, saltimbanquis, adivinos, tragasables, escapistas, lanzallamas…). Ese universo pictórico ocupaba dos manzanas y empezaba a las tres de la tarde hasta que terminaba a las dos de la mañana sin interrupción. Para transmitir este mundo mágico, esa amalgama de actuaciones y su continua vociferación, Favio pudo optar por grabarlo tal cual, introduciéndose entre sus actuaciones mientras pasea por sus calles. Pero escogió una opción que le brindaba el arte cinematográfico: un travelling larguísimo sin cortes donde mostraba de continuo todas las actuaciones que cohabitaban en el Parque Japonés. Logra así, transmitir la grandeza (física y sentimental) de la feria.

Durante el rodaje de la película, el gobierno peronista cayó. Leonardo Favio, defensor de Perón, vio como la película obtenía críticas desastrosas tras su estreno. Favio tardó diecisiete años en volver a rodar. Sería un proyecto del que tenía los derechos antes de rodar Soñar, Soñar sobre la biografía del boxeador José María Gatica. Curiosamente, en Soñar, Soñar, Charlie es interpretado de manera extraordinaria por el boxeador, campeón del mundo, Carlos Monzón. Favio ha dicho en repetidas ocasiones que la elección de Monzón no tenía nada que ver con Gatica, sino que tenía el tipo perfecto (una faz atractiva y una mirada llena de inocencia) para el papel de Charlie. El hábito de Monzón por empinar el codo causó más de un quebradero de cabeza en el set de rodaje. No deja de ser sorprendente cómo Monzón siguió, fuera del celuloide, los pasos de su personaje Charlie.

*El efecto que logra Favio con el uso del nombre en un momento puntual es magnífico. Se ayuda además de música y del montaje de un plano de mujer anterior a la aparición de Carmen.

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