Coche ocho

Crónica negra (Un Flic)

Dir. Jean-Pierre Melville

Que curioso me parece que cuando se hable de Un Flic, se tienda a considerar como una película menor del autor, cuando a mí me parece quizás, la segunda mejor película de Melville después de El ejército de las sombras. Su pulso narrativo es extraordinario, lleno de la sabiduría que adquiere el artesano con la experiencia. Sólo visionando la escena del robo en el tren, nos deberíamos dar por satisfechos. Escena, que por su extensión, pulso y la ausencia de elementos externos (como música) que enturbien la parquedad expuesta, nos remiten a otros grandes momentos del cine (Rififi o La jungla de asfalto).

La película, como no, arranca con una voz en off insustancial (como casi todas, vaya). Es, todo hay que decirlo, el sello de Melville, aunque sólo en El guardaespaldas (1963) el empleo estuviera justificado. Instantes después, asistimos a un travelín por las calles de la localidad turística de Saint-Jean-de-Mont. El día es lluvioso y frío. Los veraneantes hace tiempo que dejaron el lugar, y queda en el ambiente una sensación crepuscular que pone los pelos de punta. Melville ejecuta el primer robo con una composición de planos maravillosa que genera una ambivalencia difícil de obviar. La escena rodada con sobriedad, intercalando potentísimos primeros planos con planos generales de la vacía ciudad costera, respira serenidad, pero el marco donde acontece es un robo, y como tal, la tensión y excitación del espectador es elevada, máxime cuando la escena está rodada con planos largos.

Asistimos también a un juego de sobrentendidos y un guión rácano en explicaciones pero generoso con la imagen, como el momento en que el inspector Coleman (Alain Delon), juguetea con el piano, y ya de paso, con la chica del bar (primera aparición de Catherine Deneuve), y al alejarse del lugar, olvida un periódico sobre el piano.
-Ça va? – pregunta ella a su pareja y dueño del local.
-Ça va – contesta al farol lanzado.

Coleman queda perfilado a través de la interacción con pequeños personajes que van apareciendo en pantalla, de manera que cuando llegamos al final de la película, no hay espectador que no entienda tanto silencio demoledor.

Luego quedan elipsis maravillosas, como la confesión de Costa, que Melville usa como torpedero para avanzar la historia.

El último cenital, con las puertas del coche abierto en forma de cruz, seguido de un plano intercalado de Deneuve mirando al suelo, para volver esta vez al interior del “coche ocho” donde tras un par de minutos de un silencio espeluznante -únicamente roto por el sonido del teléfono- acaba la película, es el mejor testamento de un director que acababa de filmar su punto final.

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