Belle de Nuit

Ana y Los Lobos
Dir. Carlos Saura, 1972

El primer cine de Carlos Saura, el que tenía que enfrentarse a la dictadura y su censura, es un cine donde la sombra de Buñuel es notoria (en ocasiones de manera directa como en la rompida de la hora en Peppermint Frappé, o de manera más disuasoria como la escena donde Violeta García desparrama erotismo frente a un burro en La caza). Las excentricidades, el erotismo y la alegoría con que Buñuel barnizaba sus películas son ingredientes que aparecen también en Ana y los lobos.

Saura vuelve a enfrentar a las dos Españas que por aquellos años pretendían cohabitar en el mismo territorio y que durante mucho tiempo, analizó en su filmografía. La mujer trabajadora, libre pensadora y loba de condición (Ana flojamente interpretada por Geraldine Chaplin) se enfrenta a la España de aquellos años: militar (representada por José –José María Prada-), religiosa (Fernando –Fernando Fernán Gómez-) y represiva sexualmente (Juan –José Vivó-). Aunque sus metáforas no sean lo sutil que uno desearía, sobre todo en lo referente a los roles de cada hermano, la película toma fuerza cuando Saura introduce el juego de Ana, como arma.

Saura consigue medrar la película a pesar de las obviedades, introduciendo una impactante escena freudiana donde la madre (Rafaela Aparicio) desvela a Ana las represiones y vejaciones que han sufrido sus tres vástagos, y como de fácil es cambiar los roles enfermos en una sociedad franquista (las tapas con los nombres de las permanencias cambiadas). La madre, el poder que da de comer y protege a sus ciudadanos (recordemos que aún le sube la leche) será la encargada final del destino de todos los habitantes de la casa. Un poder por tanto, dictatorial. Cada hermano se moverá guiado por los prejuicios y preceptos que la madre puso desde su nacimiento, reflejando a la España siniestra de uniformes, mantillas y landismo que mutilan la libertad del individuo. Quizá la mejor alegoría de la película es cuando Fernando, no contento con iniciar el camino religioso de Ana, pretende cortar el cabello de ella como símbolo de la mutilación racional que sufren los feligreses por parte de la Iglesia.

Es por tanto la casa –el Estado- un lugar que se retrata oscuro y recargado, frente a unos exteriores donde la luz –a veces, extrema- inunda todo. Y unos campos donde podemos encontrar enterradas muñecas de porcelana con el pelo cortado. ¡Han sido los lobos! Los lobos… las de antes y las que vendrán. Ya lo dice José a su madre:

– Está es mala.

Y mientras las niñas comiendo manzanas.

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