La mama y la puta

Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más…
Dir: Leonardo Favio, 1966

Poco se ha escrito sobre esta temprana obra de Leonardo Favio, segunda de la trilogía comenzada con Crónica de un niño solo (1965), y que termina con El dependiente (1969); sobre un cuento titulado El cenizo de su hermano Jorge Zuhair Jury. Hechas las presentaciones, no queda otra que embadurnarse las manos.

Parcos en palabras, los personajes se buscan y comprenden más con las miradas. Retrata así, el pueblo donde Leonardo Favio creció, pueblos de Mendoza donde hablar excesivamente estaba mal visto y la gente se comunicaba más por supuestos. Existe una importancia en la obra, no solo del silencio, también del sonido (que no ruido) que rodea a los personajes: los amaneceres con el canto de los gallos, el agua colándose en un botijo, el viento… A lo Bresson, podemos decir.

No existe pues, más trama que la que el largo título explica, ni existe más intriga que los primeros planos que compone Favio. Y ya es bastante. Conciso, sin alardes ni concesiones, Favio recrea el amor de un hombre (Federico Luppi) por dos mujeres: Francisca “santita” (Elsa Gabriel) –la mama-, y Lucía “putita” (María Vaner) –la puta.

En el fondo es la historia de siempre. Las dos formas de amar: el amor puro, la madre de los hijos, la mujer con quien estar; y el amor pasional y carnal, la locura, el deseo. De nuevo un triángulo tan viejo como el hombre. Entre los tres sobran los diálogos. Son meras formalidades. Cuando Aniceto echa a Francisca, está se despide con un escueto “chao”. Todo en esta película son sobrentendidos, y a base de sobrentendidos avanza la trama. El espectador tiene pues, que convertirse en un personaje más, porque las pistas que deja el director son escasas (alguna sí hay, como el anillo).

Las voces en off si tienen aquí un sentido práctico. Tanto a la hora de leer las cartas de Aniceto mientras Francisca espera, como los pensamientos ahogados del hombre. Y mientras, Favio nos muestra el pueblo, las tierras, la gente en la calle, los edificios, en definitiva, las costumbres del lugar que son ya, parte de la historia. También fuera de cámara empiezan los gritos finales en italiano, y poco a poco sube la cámara, recorriendo una vez más, cada piedra y cada sombra. Y solo queda el horizonte, las llanuras y montañas de Mendoza; y esos gritos ahogados en lengua sinónima de progreso, de dinero en pueblos que se morían de hambre. Este Aniceto es una especie de “Hurdes” de Buñuel, pero hecho desde el recuerdo.

Aniceto
Dir: Leonardo Favio, 2008

Cuarenta y dos años después, Leonardo Favio retoma su segunda película con el convencimiento de que no hay versión buena si no se transmuta la obra original. Y con esta idea, alejado por completo de lo que se ofrece en el mercado, convierte la historia de Aniceto y Francisca, en una obra nueva, visualmente deslumbrante y con un carácter sensual donde antes solo existía rudeza.

Mantiene esa estructura fabular, ligado a las estaciones anuales, durante las que la tragedia transcurre, con el uso de la voz en off para relatar las cartas y pensamientos escapados de Aniceto. Su puesta en escena, por el contrario, es completamente diferente. Con decorados teatrales, Favio consigue deslumbrar con el uso de la fotografía, los sonidos, el concepto de cada danza, y un plano que siempre busca la belleza. Aunque pueda sobrar en algún momento la música cuando está exenta de la coreografía, esta no llega a silenciar los sonidos que tanto marcaron su primer trabajo: el agua, el viento o el canto de los gallos, que junto al uso portentoso de la luz y las sombras, crea una atmósfera muy cercana al mundo onírico (de ahí la importancia de mantener el carácter de cuento folclórico que ha inculcado de manera más o menos manifiesta a toda su filmografía).

Sigue siendo un mundo de tres personas, donde se entrecruzan las necesidades y los miedos más primitivos, y donde sigue sin requerirse más palabras de las necesarias. Aún menos que en su predecesora obtenemos aquí, puesto que los bailes sustituyen de manera brillante a los diálogos y acciones mundanas (Leonardo Favio consigue grabar uno de los polvos más sensuales que yo recuerde sin la explicitud que suelen conllevar dichas escenas). E intercala esas dos peleas de gallos, con primerísimos y violentos planos, donde el gallo de Aniceto (Hernán Piquín) que es guapo y matador como ninguno, danza a muerte con la Francisca (Natalia Pelayo) y la Lucía (Alejandra Baldoni).

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