La ciudad imaginada

Sentí mucha alegría cuando dejé de pasar frío al bajar a Lao Cao. Estuve hablando con unas madrileñas que trabajaban para Air France. Hacía cuatro semanas que no hablaba español, y a pesar de las ganas de seguir conversando, no pude entretenerme mucho, mi tren a Hanói salía en breve. Fue una noche muy larga, después de haber dormido, menos que más, en una litera con el aire acondicionado apagado (algo tremendamente extraño en los trenes-literas del sureste asiático). Dentro del compartimento hacia un calor horroroso, y a alguien le olía los pies, aunque sabía que el causante del olor también podía ser un servidor. Pero lo que olía a pies una barbaridad era la manta de mi cama. Compartía habitación con dos franceses, una guapa laosiana y su novio americano. Llegué a la capital a eso de las cinco y medía de la mañana, y el olor a pies, seguro que provenía del americano.

Tuve suerte, salía un tren en medía hora a Ninh Binh. Compré un billete en tercera, subí rápidamente al vagón con asientos de madera, y espere a que se pusiera en marcha. Mi primer intento de llegar a esta soporífera ciudad (así la definía la guía) era cuando estaba en Huế, pero muchas veces, el camino lo dicta el propio viaje, y me fue imposible, o al conductor no le dio la real gana, de parar en Ninh Binh en mi primer intento.

El trayecto discurría, como no, entre infinitos campos de arroz. El revisor me dijo más de una vez que cerrara la verja de la ventana porque podían tirarme piedras. Yo preferí hacer fotos y correr un riesgo que veía mínimo. Hasta que la cerro él. Para asegurarme que no me pasara la estación no paré de dar la murga al revisor, y cada vez que el tren paraba yo me asomaba y preguntaba: ¿Ninh Binh? El viejo, me miraba y decía que no, que me avisaba, pero no estaba yo para comprobar la veracidad de esta afirmación. La experiencia es un grado.

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Creo que eran pasadas las diez de la mañana cuando el tren llegó a Ninh Bihn. Una vez encontrado el hotel, tarea nada difícil ya que había dos en la misma calle de la estación, decidí alquilar una moto. A Ninh Binh me habían llevado varias cosas: Hoa Lu (la primera capital del reino), Tam Coc (el Halong de los arrozales) y la catedral de Phat Diem.

Tengo la mala costumbre de antes de irme de viaje, leer libros que hablen sobre mi destino. Y así, muchas veces, intento buscar lugares relatados en capítulos perdidos de aquellos libros. Una de las cosas que me ofrece viajar solo, es no rendir cuentas a nadie y hacer lo que me apetezca, marcando el camino con respecto a eso lugares que por algún motivo se me han quedado en la memoria. Así, en Argentina, dibuje un camino que recorría la ruta 40. Un trozo de tierra en medio de las vacías llanuras patagónicas que Bruce Chatwin coloreó con maestría. También había un tren que cruzaba esa inmensa tierra y que Steinbeck relató con una fuerza maravillosa. Desgraciadamente, ese tren no pude cogerlo por circunstancias que no viene ahora al caso.

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Por su parte, Vietnam es por sí mismo un libro… o mejor, una película que nos hemos cansado de ver. Pero hay algunos lugares que el gran Graham Greene decidió dotar de vida propia. Uno de estos lugares, es el Hotel Continental en Saigón, donde pasó cinco años; y otro es, uno de los relatos de guerra mejor trazado hasta la fecha: la catedral de Phat Diem. En la ciudad de Phat Diem (Greene por motivos que aún no llego a comprender, olvidó que el fonema /ph/ al principio de la palabra es el alófono /f/, y acabó traduciendo la ciudad por Fat Diem), a unos 25 kilómetros de Ninh Binh, Greene relató la crudeza de la guerra de una forma tan magistral que sin necesidad de descripciones profundas, comprendías la crudeza de esos días.

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Así que estaba alquilando una moto con marchas cuando en mi vida había llevado una moto
con marchas, por unas carreteras de infarto, y con gente que no tiene carné de conducir… a mí, al menos, ¡ni me lo pidieron! Alquilé la moto para tres días, y salí zumbando. La catedral de Phat Diem es uno de los edificios más raros que he visto. El complejo que alberga la Catedral (construido entre 1875 y 1899) se compone de iglesias, estaques y una cueva artificial, donde se encuentra la Virgen de Fátima. En el centro del lago, frente a la fachada principal de la Catedral observamos la estatua marmórea del Sagrado Corazón. La catedral (1891) mezcla con descaro la arquitectura china con la europea, creando una fachada sorprendente y un interior majestuoso. Dentro de la Catedral, Greene relató la angustia y el atroz miedo de unos campesinos atacados por fuego cruzado. Y mientras tocaba las enormes columnas de madera de diez metros y veía la bóveda arqueada de madera mi mente releía El americano impasible: “(…) dentro de la catedral misma, de madera labrada, con sus gigantescas columnas hechas de un solo árbol y las lacas escarlatas del altar, más budistas que cristianas”. Tuve la suerte de que estaban celebrando oficio, por lo que pude introducirme dentro y perderme entre los bancos de madera. Dentro olía a Greene.

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Antes de que los franceses dictaran retirada, y arrojaran indiscriminadamente sobre el sur del delta del río Rojo miles de bombas, provocando cientos de muertos civiles y una ola de refugiados, las fuerzas de la Unión Francesa, al mando del general de Lattre, mantenían una dura lucha por el control del territorio. Los Viet Minh habían adquirido una gran habilidad para infiltrarse entre los agricultores del delta, y realizar ataques sorpresa al ejército colonial diezmando poco a poco, la fuerza adversaria.

El obispo de Phat Diem, monseñor Le Huu Tu, era un obispo con poder feudal, sosteniendo temporalmente el poder espiritual, la recolección de impuestos y milicias armadas en sus propias tierras. Le Huu Tu, convencido nacionalista (a quien Greene definió diciendo que su país era más importante que el catolicismo) se convirtió en un de los “consejeros” de Ho Chi Minh. Sin embargo, ante la creciente influencia del Viet Minh en su tierra, incrementó los grupos de auto-defensa. Y los obispados pasarían a ser zonas neutrales que las fuerzas anticomunistas y anticolonialistas usaban como lugares de contrabando.

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El obispo Le Huu Tu.

Así se mantuvo hasta octubre de 1949 cuando el Viet Minh envió siete batallones de tropas regulares para ocupar las áreas de Phat Diem y Bui Chu (la otra zona católica importante del norte del país). Esto provocó que Le Huu Tu pidiera ayuda directamente a los franceses. Tras dos años de luchas, el área quedó relativamente autónoma y cuando las tropas francesas se retiraron, dejaron al obispo a cargo de la defensa de la zona tras proveerle armamento para dos Grupos Móviles Autónomos bajo control local pero pertenecientes a las Fuerzas Armadas de Vietnam (fuerzas de la Unión Francesa).

La autonomía católica duraría otros dos años. Durante ese tiempo, las tropas católicas habían resistido las ofensivas del Viet Minh en el delta. El Alto Mando tenía a Phat Diem y Bui Chu permanentemente ocupados por tropas Franco-vietnamita pero a finales de 1951 los obispos fueron despojados de sus funciones administrativas, y desmantelaron el ejército privado del obispo. Las relaciones entre Le Huu Tu y el coronel a cargo de las tropas francesas y vietnamitas, comenzaron a ser difíciles.

Le Huu Tu había visitado Europa una vez, y allí había adquirido gran devoción por Nuestra Señora de Fátima. Cuando regresó a su país construyó una gruta en su honor en los terrenos de la catedral, y todos los años festejaba su día con una procesión.

Greene narra así el ataque del Viet Minh a Phat Diem:

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Graham Greene, fotografiado por Peter Stackpole, durante el rodaje de ‘Nuestro hombre en La Habana’ (Carol Reed, 1959).

Ese año el coronel (…), quiso hacer un gesto de amistad y se puso con todos sus oficiales superiores al frente de la procesión. Nunca se había reunido en Phat Diem una multitud tan grande para honrar a Nuestra Señora de Fátima. Hasta muchos de los budistas, que constituían la mitad de la población, asistieron (…). Todo lo que quedaba del ejército del obispo (su banda militar) encabezaba la procesión, y los oficiales franceses, devotos por orden del coronel, seguían como niños de coro (…). De todas las aldeas perdidas entre los canales, desde toda esa región de aspecto tan holandés, donde los brotes jóvenes y verdes de arroz y las cosechas doradas reemplazan a los tulipanes, y las iglesias a los molinos, la gente afluía a la catedral.

Nadie advirtió a los agentes del Vietminh, que también se agregaban a la procesión; y esa noche, mientras el grueso del batallón comunista descendía por los pasos del calcáreo a la llanura de Tonkín, bajo la impotente vigilancia del destacamento francés en lo alto de la montaña, los agentes de la vanguardia atacaban Phat Diem.

Cuando el periodista Thomas Fowler (álter ego de Graham Greene) llega a Phat Diem, el ataque y la contraofensiva francesa ya han terminado. La guerra son silencios y la escasez de vida; esperas y desechos tras la tormenta; cuerpos caídos y destrucción. Son disparos aislados y olor a muerte. Greene relega la guerra al horror de las consecuencias. Y os aseguro que es más doloroso que la propia narración de la contienda.

En 1954, debido a la cooperación con las fuerzas francesas, el Viet Minh tomó crueles represalias con la población campesina de la zona. Esto incitaría un éxodo de los católicos de Annam a Cochinchina, y su obispo no tuvo otra opción que seguir a sus fieles. Muchos quedaron por el camino, asesinados por el Viet Minh o por las bombas francesas arrojadas tras la derrota.

La Catedral permanece incólume al paso del tiempo y a las bombas humanas. Ya no quedan ecos de la batalla en la ciudad de Phat Diem, y nunca hubo arena de playa bajo los adoquines en esta parte del mundo, pero sus calles y canales permanecen a la Historia. Me senté en la calle a comer, bajo la sombra de una fachada deslustrada y con decenas de ojos clavados en cada movimiento que realizaba. Era una ciudad fea, pero yo no la he dejado de querer desde el mismo instante en que la imaginé.

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