La verdad según Faulkner

img_art_13390_5414¡Absalón, Absalón! William Faulkner, 1936
Traducción de Miguel Martínez-Lage.  Ediciones Verticales Barcelona, 2011.

Jesús, qué hermoso es el Sur, ¿verdad? Es mejor que el teatro, ¿verdad? Es mejor que “Ben-Hur”, ¿verdad? Con razón necesitáis salir de él de cuando en cuando, ¿verdad?

Le dice Shreve a Quintín.

La verdad según Faulkner es un conjunto de conjeturas, ambages, ocultaciones y pensamientos subjetivos. Ya lo explicó en 1929 con El ruido y la furia, y siete años después lo vuelve a repetir con ¡Absalón, Absalón! Dos cátedras de como escribir, de como leer, y de como vivir en el imaginario condado de Yoknapatawpha (Mississippi).

Acercarse a Absalón es entrar en un ambiente hirsuto y evidentemente decadente. Cuyo fondo queda despedazado por la conveniente forma polifónica de Faulkner. Parece que las frases no terminan, las celosías, entiendo que apenas dejan pasar la luz y lo ocultan todo en la penumbra, las glicinias siempre están en flor, y los hechos siempre se amontonan para asfixiar al lector.

La verdad es un factor de suerte que Faulkner desgrana en boca de sus personajes, cuando estos conversan entre sí, cuando imaginan el Sur, cuando pretenden escaparse de la vida que el escritor les ha otorgado, cuando conjuran o suponen hechos acontecidos, y cuando los monólogos interiores construyen y destruyen civilizaciones. No debe existir duda, siempre se nos ofrece como una verdad inmutable, y así debe ser, aunque sea tergiversada, mutilada u ocultada; puesto que es una verdad narrada por cada personaje. Por ello Faulkner describe hechos que ya conoce el lector, desde otro punto de vista, que como si un palimpsesto se tratara, va añadiendo intensidad al relato desde la voz de cada nuevo personaje. Personajes a los que regala todo el poder narrativo, cayendo en la charlatanería, en voces que se solapan mientras se narran dos acontecimientos desligados en el tiempo, jergas imposibles, pensamientos que se cortan en mitad de una arrancada. Faulkner no ayuda tampoco, pensaría que cada uno debía librar su propia batalla, y el lector se encuentra un texto de puntuación muchas veces intolerable (y delicioso), con una sintaxis imposible (y envidiable) y con unas elipsis temporales -que sin llegar al uso en su obra magna El ruido y la furia– inasequibles (y abrumadoras).

Quintín es el albacea de la memoria. El vestigio de una familia nacida de un demonio: Thomas Sutpen, que bajó del oeste montañoso de Virginia para acabar construyendo una hacienda en el Sur de la esclavitud y de las grandes plantaciones. Y de cómo, a lo largo de los años, y con la guerra de secesión de por medio, acontecimientos trágicos sumieron la familia en la decadencia hasta su destrucción.

Absalón es, en la Biblia, el tercer hijo del rey David, cuyo nombre significa el padre es paz. Faulkner construye una trama laberíntica inspirada en Absalón, que cuenta cómo mata a su hermano Amnón por haber forzado a su hermana Tamar.

En un acto de triste ironía, Faulker deja esta conversación:

Tengo veinte años y soy más viejo que muchos que han muerto ya —dijo Quintín.
Y han muerto más de los que llegaron a los veintiún años —repuso Shreve.

Quintín Compson, no sobrepasará los veintiuno, como Faulkner se encargó de publicar en El ruido y la furia. El Sur de los Sutpen, es un Sur que ya no existirá, un Sur cuya memoria se borrará para siempre con Quintín. ¡El Sur! Un Sur tan rudo, tan extraño, tan maquiavélico que no merece tener continuación.  A no ser que nos acerquemos, cada pocos años, a escuchar la verdad de William Faulkner.

WilliamFaulknerConsejosEscritor

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