Sobre muros y peldaños

En Le combat ordinaire, Marco (alter ego de Manu Larcenet) se enfrenta a la vida, a través de un conjunto de combates que día a día, le van modelando como hijo, fotógrafo, padre y finalmente, persona. Y aunque en primera instancia parece narrado desde el costumbrismo, y con el humor como bandera buscando la complicidad del lector, el autor, a lo largo de los cuatro volúmenes publicados a partir de 2003 (Norma Editorial reeditó a finales del año pasado en una edición integral), reconstruye de manera soberbia, la directriz que Los combates cotidianos, mantiene hasta su cuarto y último volumen; mostrando la lucha encarnizada de su protagonista a través de los pequeños muros que nos pone la vida. Como dijo Rilke, Marco va convirtiendo cada muro en un peldaño, y sorteando cada combate de la mejor manera que puede y sabe.

Que los muros se vuelvan peldaños no depende de la voluntad de Marco, que vive apocado en sus ataques de pánico, sino de la gente que encuentra a lo largo de sus combates cotidianos. Émilie (su novia), su madre, Pablo (un compañero de trabajo de su padre) o Mesribes (un viejo combatiente de la guerra de Argelia).

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Aunque el comportamiento de Marco puede parecer trillado a la hora de enfrentarse a los problemas (como por ejemplo a la hora de abordar el tema de la paternidad), Larcenet mantiene el pulso compaginándolo con la figura autoritaria del padre del protagonista, y la experiencia de su hermano recién estrenado en su paternidad. Larcenet enriquece así cada situación mostrando no solo un punto de vista, sino cada una de las aristas de la cima que se encuentra enfrente.

 

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El guion queda rematado con unos silencios, prodigiosamente medidos, que dicen más, que toda la verborrea de Pablo (un personaje al que no le queda nada más que hablar).

El autor muestra una confianza al psicoanálisis desde su primera viñeta, pero también es consciente que la herencia puede, y en muchos casos debe ser abordada y olvidada, solo para poder seguir avanzando; y que no somos lo que hemos vivido, sino lo que queremos ser, a pesar del lastre. La voluntad es infinitamente más fuerte. Este mensaje, hermoso y delicado, no deja de estar envuelto en una Francia que a los ojos de sus protagonistas, se viene abajo (cuyo telón de fondo es el ascenso del fascismo de Le Pen, y la descentralización de la mano de obra). Una Francia, una forma productiva y una sociedad que no miran más allá que sus propios intereses.

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Si Larceret deja un resquicio a la esperanza, o acaba por sucumbir en un momento de la Historia, donde todo acaba abdicando a la fuerza de los que más tienen, quizá es algo que deba descubrir el propio lector.

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